viernes, 21 de diciembre de 2007

The Perfect Sadness

Empieza a hablar sola, y segundos después, cuando intento consolarla, da un respingo y me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Quién eres? —grita con la voz cargada de pánico, y la cara cada vez más pálida—. ¿Qué haces aquí?
El miedo crece en su interior, y me duele verla así, pero no puedo hacer nada. Se aleja, retrocede, con las manos extendidas en posición defensiva, y me rompe el corazón con sus palabras:
—¡Fuera! ¡Fuera de aquí! —grita.

Está aterrorizada, se ha olvidado de mí e intenta espantar a los gnomos.
Me levanto y me dirijo a su cama. Estoy débil, me duelen las piernas y siento una extraña punzada en el costado. Ni siquiera sé de dónde viene. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para apretar el timbre y llamar a las enfermeras, pues los dedos me laten y parecen paralizados, pero finalmente lo consigo. Sé que llegarán pronto, y las espero. Entretanto, observo a mi esposa.
Pasan diez, veinte, treinta segundos y sigo mirándola, sin perder un detalle, recordando el momento que acabamos de compartir. Pero ella no me devuelve la mirada, y su lucha contra los enemigos invisibles me atormenta.
Me siento en el borde de la cama, con la espalda dolorida, y recojo el cuaderno, llorando. Allie no se da cuenta. Lo comprendo, pues está fuera de sí.Un par de hojas caen al suelo y me agacho para recogerlas. Estoy cansado, así que permanezco sentado, lejos de mi esposa. Y cuando las enfermeras entran en la habitación, se encuentran con que deben consolar a dos personas: Una mujer temblorosa, acechada por los demonios de su mente, y un viejo que la ama más que a su propia vida, llorando silenciosamente en un rincón, con la cara entre las manos.




The Notebook.
Nicholas Sparks